La contaminación electromagnética: un adversario invisible.

La contaminación electromagnética: un adversario invisible.

Se entiende por Contaminación Electromagnética, a la exposición continua y excesiva a campos electromagnéticos generados por equipos electrónicos.


El 24 de junio se celebra, el Día Internacional de la Contaminación Ambiental Electromagnética, como una fecha para concientizar a la población respecto a las consecuencias que puedan derivar de las ondas electromagnéticas que nos rodean.

En el año 2006, con el objetivo de promover la investigación sobre los campos magnéticos, el desarrollo de estrategias de protección en salud pública y planes preventivos contra la contaminación, La Comisión Internacional para la Seguridad Electromagnética (ICEMS) concluyó por resolución la creación de ésta efemérides. 

¿De qué estamos hablando?

Se entiende por Contaminación Electromagnética, a la exposición continua y excesiva a campos electromagnéticos generados por equipos electrónicos.

Estos dispositivos tecnológicos que nos rodean, (ya sean celulares, televisores, radio, wi-fi, electrodomésticos, antenas o cualquier otro aparato), emiten al ambiente diversas ondas electromagnéticas que, por su magnitud y tiempo de exposición, pueden producir riesgo, daño o molestia en los diversos ecosistemas naturales y en las personas.

El “Electrosmog” (nombre que recibe en inglés) es una polución invisible y casi imperceptible; motivo por el cual ha pasado (y pasa) desapercibida. Pero con el paso del tiempo se ha convertido en un problema ambiental y de salud pública.

El planeta tierra, al igual que nuestro organismo, está configurado por ondas electromagnéticas naturales; sin embargo, con el avance de las nuevas tecnologías la humanidad ha creado campos electromagnéticos artificiales que se suman a los ya existentes en la naturaleza.

Estas ondas artificiales, muchas veces superan en intensidad a las naturales y de esta forma alteran el equilibrio de los sistemas ambientales y con esto se modifica nuestro entorno habitacional; Seamos más gráficos: La radiación inalámbrica en MHz y GHz (de alta intensidad) es literalmente millones y miles de millones de veces que la frecuencia normal de la Tierra. De esta forma, mientras mayor sea la frecuencia artificial, más peligrosa es para los organismos vivos.  


Ahora bien, hemos hablamos un poco de que es la electro-polución, sin embargo, es momento de preguntarnos qué consecuencias trae a nuestra realidad individual y social.

La razón por la que este tipo de actividad fue denominada hace 30 años como un tipo de contaminación ambiental, es porque además de alterar el equilibrio natural, se sospecha que puede producirnos efectos irreversibles en nuestra salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS), en un comunicado de 2011, catalogó a la radiación de los celulares como posiblemente cancerígena. 

Si bien los estudios que avalan el tema son netamente experimentales, revelan datos contundentes y permiten hablar de posibles riesgos de cáncer, daños genéticos, afecciones en sistema reproductor, déficit de aprendizaje, trastornos en la memoria, dificultades neurológicas, dermatológicas, cardíacas, mareos, entre otros. 

Más allá de eso, hoy en día sabemos que los efectos biológicos de los campos electromagnéticos creados por la humanidad pueden llegar a ser patológicos dependiendo del tiempo de exposición, de la dosis, de la potencia y frecuencia de los mismos, como así también de las características del organismo expuesto.

¿Qué pasaría si te digo que el 100% de la población está expuesto a este tipo de contaminación?

Hasta hace 70 años atrás los humanos no producíamos campos magnéticos. Pero en tan solo menos de un siglo, avanzaron las instalaciones de emisoras de radiofrecuencia y redes inalámbricas con fines industriales, científicos, bélicos y médicos. Estas subestructuras de grandes dimensiones empezaron a atraer la atención de los científicos ambientalistas y empezamos a preguntarnos qué repercusiones sufriríamos con estos avances.

En la actualidad, estas líneas de alta tensión o los grandes transformadores o antenas, siguen robando la atención de todos nosotros; sin embargo, la preocupación disminuye o desaparece respecto a los aparatos domésticos, cuando en realidad el 2/3 de las radiaciones que recibimos provienen de ellos. 

El progreso tecnológico que se gestó a partir del Siglo XX, vino a enriquecernos en muchos aspectos. Pero, a forma de costo, nos empobreció en otros. El auge y el desarrollo científico de las últimas décadas han modificado el medio ambiente electromagnético natural que nos rodea. La tecnología nos cambió el concepto de ser humano, de urbanización, de salud, pero también de privacidad y libertad. 

Y aquí entramos en juego nosotros; una generación distinta, que hemos en parte heredado y en parte contribuido con la deuda ambiental que crece con intereses. Intereses que pagaremos con nuestra calidad de vida. 

Es innegable que somos la generación que lleva la responsabilidad del cambio. Han hecho falta más de 200 años para que los científicos empiecen a hablar del cambio climático, sin embargo, apenas 30 años después de que se produjera la explosión de las tecnologías inalámbricas ya se han realizo treinta resoluciones internacionales al respecto. Pero… ¿Podemos decir que es suficiente?

La mayoría de la población consume tecnología inalámbrica sin mayor preocupación. Existe una proliferación descontrolada de infraestructuras eléctricas y redes de telecomunicación.  Y en este contexto de actitud pasiva que adoptamos, la contaminación electromagnética aprovecha para pasar desapercibida y se comporta como un factor invisible de riesgo, que incide en las personas de manera silenciosa.

Y pareciera que vivimos encerrados en esta paradoja científica: es la ciencia la que descubre y produce estos avances tecnológicos, nos convence del beneficio que traerán a la humanidad; y luego es la misma ciencia, la que unos años después nos advierte sobre las posibles consecuencias. 

Personalmente, no creo que poner una barrera al progreso tecnológico sea lo propicio para nosotros, que somos una generación que resultó testigo de los beneficios que la ciencia ha traído consigo; no considero sensato de nuestra parte, alzarnos en contra de las nuevas tecnologías, pero como los abanderados obligados del cambio y la conciencia ambiental, parece innegable que debemos defender el uso responsable y racional de la misma.

La preocupación por los factores medioambientales no es un endeudamiento que nos dejó el pasado, ni es un problema del futuro. Es una demanda del presente. 

Seremos la próxima generación en ser juzgada y depende de nosotros de qué lado de la historia estaremos. 

CARLA DE LOURDES BARBERO, voluntaria virtual Club De Leones Nómadas

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